miércoles, 3 de julio de 2013

El día en que el metro se detuvo

Ya estaba bastante agotada ese día/noche para que, más encima, siendo las veintidós horas, el metro fuese tan lento y deteniéndose por varios minutos en cada estación. Cuando ya pasadas unas cinco en aquel mismo estado, la muchacha comenzó a sentir una presión en el costado izquierdo, sector de la ceja.

Cuando parecía avanzar, los vagones se detuvieron en medio de dos estaciones...Y comenzaron a pasar los segundos. Y los minutos. Las personas al principio miraban con fastidio todo a su alrededor, pero por algún motivo, decidían cambiar de estrategia y continuar charlas interrumpidas, miradas al celular de moda o  cerrar los ojos e intentar dormir. Algunos al parecer, lo lograban.

Ella, sin embargo, no recuerda bien...

Es decir, sí.

Lo que primero fue la dichosa presión, comenzó a crecer y bajar hacia el ojo y luego, todo el sector izquierdo del rostro estaba endureciéndose y perdiendo la movilidad acostumbrada. De repente, observó que la mano le temblaba un tanto y si bien estaba preocupada, también enfurecida, porque en realidad no había tiempo en su vida ni para estar molesta, tanto había que preparar en casa para el otro día -y ahora, ¡estancada en un vagón!-; siempre teniendo que pensar en el día siguiente. De pronto sintió escaparse de su garganta un ¡No! y desde ese minuto no pudo controlar las palabras que le salían atropelladas. Después de las palabras, gritos e improperios al maldito servicio y a cómo podía ser que les faltasen el respeto de aquella manera. ¡A todos y todas! Comenzó a buscar en su bolso algo que pudiera servir para lanzar por las ventanas y nada. Todo resultaba muy liviano. Después de arrojar el contenido completo del bolso, se dió cuenta de que era observada por los demás ocupantes del "tren". Lo extraño era que los rostros no reflejaban sorpresa, sino que, la misma expresión iracunda y desesperada. Un hombre, llevaba algo parecido a una llave inglesa. Y la lanzó por las puertas del metro. Todos rieron estruendosamente...

En un segundo, abrió los ojos. Llegaba a la estación de siempre, sin novedades. Aunque casi media hora más tarde de lo acostumbrado al sitio, donde debe abordar la siguiente locomoción para llegar a su casa.

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