viernes, 16 de noviembre de 2012

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Y sí. A sus quince años se enamoró del personaje de un libro. Libro que releyó por un par de años, enloquecida por la inexistencia mundana de aquel hombre. Es más: Ella misma escribió una historia, para hacerle partícipe. Pero, aun así, a pesar del parecido, la soledad y la pasión (y muchos otros), él prefirió no verla. Temió no poder volver a odiar el mundo y su inmundicia. Y ni pensar en dejar de adorar a la maldita mujer asesinada. Es lo único que él sabía hacer.

Ella no quiso inventarle características nuevas, pues le amaba de esa manera. Así que optó, por observarlo desde la lejanía.

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Lo bueno (¿?) es que por las noches -algunas, con tiempos más largos en la mochila-, se siente sumergida en la historia de alguien más y aparece menos sola. Claro, acompañada tampoco. 

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En el presente, ya no mira el libro polvoriento en la repisa y se dedica a la vida triste (¿o feliz?, no "da" con la respuesta) de la gente que se deja llevar por las corrientes. Siempre puede volver a él, es cierto...Pero, por algún motivo, no lo hace. Ya no hace nada, en realidad. 

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