domingo, 9 de octubre de 2011

Cuando me encontré con esa amiga de la adolescencia en la calle y dijo que fuesemos por un café si tenía un minuto, fue de lo más raro. La recuerdo tan conspiradora -para averiguar algo de otra persona era capaz de inventarse otra identidad, un mail y hasta un msn para volverse "conocida" de quien le interesase sacar información, como un pololo, por ejemplo...Jamás entendí el porque prefería hacer eso en vez de hablar directamente-, que el día en que nos distanciamos por otro tema admito que respiré tranquila y aunque por años, recibía de vez en cuando algún mensaje suyo -en ocasiones amable y conciliador, otros con ánimo resentido indicando que "sabía" algo, que yo jamás había dicho de ella-, opté por no responderle y eliminar todo lo que recibía...

Aquel día, apareció tan cerca que no fui capaz de negarme a charlar y mientras bebía mi jugo, la escuchaba hablar y pensaba en que, no podía creer que justo ese día estaba liberada de compromisos y detestaba mentir. Acepto también la culpa de la curiosidad y de imaginarme que ella era otra persona, más grande, por decirlo de algún modo o si era la misma chica que me asustaba cuando se daba a la tarea de saber, sobre todo, cuando se mostraba entusiasmada con alguien.

"Me acuerdo -dijo- de que, cada vez que conocía a alguien que me interesaba un poco o se volvía mi amigo, yo sentía que lo que, teníamos en común nos hacía ser un poco, el uno para el otro. Admito que de esa forma, me enamoré muchas veces y que, obviamente, me equivoqué mucho pensando así. Actualmente, estoy con un hombre bueno, al que elegí objetivamente, que me quiere y me entrega lo que yo necesito". Era extraño, yo movía la cabeza asintiendo, pero no entendía que ella quisiera hablar de eso conmigo, si habíamos dejado de vernos hace tanto...(Obviamente, partió diciéndome que está súper bien, con un mega empleo en una excelente compañía y bla bla bla).

Me alegra que se encuentre sin novedades; por mi parte, no tenía ganas de hablar. Cuando al parecer era mi turno, señalé que todo bien y nada más. Ella me miró y criticó que seguía igual que siempre, odiando y otras palabras provocativas que le encantaba utilizar en el pasado. Me levanté, pagué el jugo, salí huyendo y ella, tras de mí. Busqué refugio en el metro y se me perdió de vista. ¡Uff, casi fue como en mis pesadillas! Pensé. Respiré profundo, cerca de esos ventiladores que expulsan agua, o algo para dormir, pues se cerraron mis ojos, de forma pesada, como si en el jugo, cuando fui al baño...Abrí los ojos y ella estaba ahí, sonriendo, con esa expresión tétrica en su rostro delgado, que detestaba... Antes, no soportaba que la dejaran. Al parecer, seguía igual...

1 comentario:

David C. dijo...

Leyendo tu historia a cuantas personas he recordado que tienen la misma actitud que la compañera tuya.