jueves, 4 de febrero de 2010

No me gusta ese mundo, ni sus mecánicas. No le deseo.
Ni el rostro de humildad con que unos aparecen y el de suficiencia en el que muta, cuando creen sentirse mejores que otros por aparecer de pronto como menos débiles.
No soporto aquella forma de aplastar; donde dicen si te mando a comer tierra tienes que ir, no quedándole "otra opción" a los otros que aceptar. En esos pequeños otros mundos, donde existe un rey y en otros un emperador, existen países y gobiernos regionales, pero cuando el ánimo de fingir se agota, el rey no es más magnánimo sino una asquerosa larva gigante de las pesadillas, que todo absorve y lo hunde, que destruye ansias de vivir y deseos de cualquier índole. Todo lo desfiguran, lo cansan, lo entorpecen, lo cubren de una capa de mucosa que se adhiere a las pieles. Las imaginaciones se vuelven todo negro o colores pálidos o agrios o de vómito de enfermo (peor aún es que tratan de ocultar lo que pasa mediante materialidad. ¿Cómo?). Ese color ilumina las mañanas en todos los mundos y nadie lo nota.
Quiero ser nadie. Quiero poder prescindir de la necesidad de vacío, de este odio repulsivo por esa maraña en las batallas que no me interesa ya ganar. Salir de un propiamente tal y un propiamente qué.
Ni siquiera es un deseo de partir. Entiendo que en uno de esos mundos tengo que estar metida. Es un mirar y tener que callarse, porque en realidad, no hay ninguna palabra para describir el total desequilibrio. Porque es más que eso.
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Hablar de lo positivo es sólo imaginar nuestro escondite.

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