viernes, 5 de febrero de 2010

A las malas suegras, con amor

Cuando ingresó a la familia de él, Matilda creía que todo comenzaba a tomar el rumbo deseado. La suegra la quería y no existía marido, lo que mejoraba la situación en un 75%. Ella -la madre- mostraba una personalidad alivianada y liberal, gustaba de pasearse a medio vestir en las tardes, mañanas o noches, si se encontraba libre del trabajo donde permanecía varios días a la semana, por lo lejano del lugar. Siempre se mostraba afable, conversadora y preocupada, sin embargo, poco a poco comenzó a mostrar sus afiladas garras, que sólo hasta el día que rememora, Matilda hila cada detalle y comienza a comprender...Recuerda cuando la madre no la saludaba o despedía cuando los encontraba juntos; si Matilda iba de visita a casa del novio, sentía un dolor agudo en el lado derecho del estómago al pensar que tendría que hacer vida social con la madre. Él, muchacho extrañamente muy relajado, no se tomaba la situación en serio.

La mujer, estaba loca. No medianamente, sino deschabetada. Inventaba una serie de situaciones para desprestigiar a su hijo y su nueva pareja. Cuando estaba frente a ellos, los buscaba, se acercaba. Fuera de casa, contaminaba a todos con sus tremendas historias extraídas de la más putrefacta cloaca mental. Un día, un familiar se les acercó para saber si lo que pasaba era cierto. Si realmente eran como los definía "la tía", en las reuniones familiares donde no asistían ellos.

Al final, el hijo se alejó de ella, y aunque, aún jóvenes -no estaban listos para irse a vivir solos-, se casaron una tarde a escondidas con dos testigos y arrendaron un cuarto céntrico.

¿Imaginarás lector que habrá sucedido? No lo creo.

Furiosa la "suegra", fue a visitar un brujo, de esos tarotistas que limpian casas y hacen "magia blanca, recuperan al ser amado y alejan a los que te lastiman". Lo vio en el periódico más farandulero, pero que contenía a estas "mentes" superiores. En su ignorancia e inocencia, fue y pagó. La culpable era esa mujer de mala vida que tenía atrapado a su hijo. Lo mejor era hacerla desaparecer de a poco o rápidamente, darle un tónico o alguna de esas hierbas o rogar porque de un momento a otro, se cansara el hijo y volviera a la madre.

Matilda murió un día, saliendo de clases de cocina. Un hombre que conducía una camioneta, chocó contra la pared del centro de estudios al que asistía y por la vereda donde caminaba hacia casa, ella. La muchacha recibió el impacto directamente. Quedó partida en dos. Cuando la movieron, la sangre desbordó todo y se abrió como un árbol recientemente partido con un hacha.

Su esposo, loco de dolor luego de los funerales, se quitó la vida. No sin antes destripar a la querida madre que tanto le desgració la vida -y los momentos en que pudo ser feliz- y dejar los trozos esparcidos por la casa donde jamás habitó tranquilo.

La pareja no creía en una vida post morten así que descansaron en paz.
La madre sí, por lo que no lo quedó otra que mirar de cara a don Sata.

1 comentario:

Rodolfo Cares dijo...

Hola amiga.

tu siempre con tus historias raras. jajajaja

pero esa historia me hace recordar a un amigo que le paso algo parecido. pero ojala nunca te pase algo por el estilo por que la muerte fue como muy trajica. jajaja

besos
yop.